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La foto del pizzero que conmovió a las redes sociales y la imparable cadena de favores que lo ayudó a revivir

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Tiene 64 años, desde los 16 trabajó siempre como camarero y se dio el lujo de atender a Freddy Mercury, Jorge Luis Borges y Carlos Monzón. Invirtió todos sus ahorros en un local sobre Avenida Caseros, pero la crisis económica y la cuarentena lo pusieron entre la espada y la pared. Una usuaria de Facebook viralizó el drama que vive Juan Almirón, sin imaginar las puertas que le abriría con ese pequeño gesto

Lo escuchamos muchas veces y el caso de Juan Almirón lo confirma: las redes sociales, bien utilizadas, son muy útiles y pueden, casi mover montañas. Hace pocos días, la penosa situación que atraviesa ese incansable trabajador llegó al corazón de muchos usuarios: ahora, su historia empieza a delinear un final feliz. En todas las redes sociales, varias personas visibilizaron el drama que atraviesa este tucumano de 64 años, que trabajó sin parar durante toda su vida en Buenos Aires, cuando arribó con apenas 16. Desde entonces, se dedicó al rubro gastronómico, donde pasó por todos los puestos hasta que llegó a camarero.

Su primer “ángel de la guarda virtual” fue Karen Fredes, ya que Juan es padrino de una de sus hijas. Triste y desesperada por la situación, quiso ayudarlo de alguna manera. La semana pasada tuvo un sueño muy feo y fue al local. “Soñé que Juan había muerto y me vine corriendo al negocio. Lo encontré muy mal, porque la diabetes cada vez le avanza más y hace un año y medio que no puede tomar la medicación por falta de dinero. Se me ocurrió sacarle una foto, contar su historia y publicarla en mi cuenta de Facebook, para que la gente lo pueda conocer y venga a probar su comida, que es riquísima y muy económica. La gente se empezó a sumar, a solidarizar a compartir la publicación y, desde ese día, Juan es otra persona. Le cambió la cara. La gente que ahora le viene a comprar, le está salvando la vida. Todos conocemos a un Juan y no sirve quedarse con el sentimiento de pena por lo que le pasa. Hay que ayudar, no hay que quedarse de brazos cruzados. Y esto que se generó por las redes sociales, es realmente emocionante, porque en sólo cuatro días le estamos cambiando la vida con pequeños gestos”, le dijo Karen a Infobae.

El primer posteo en Facebook de Karen Fredes, con el que se generó una catarata de acciones solidarias para ayudar a Juan El primer posteo en Facebook de Karen Fredes, con el que se generó una catarata de acciones solidarias para ayudar a Juan

El paso en la década del 70 de Juan Almirón por Rond Point, la emblemática y exclusiva confitería ubicada en Figueroa Alcorta y Tagle, le dejó un sinfín de anécdotas con personajes nacionales e internacionales que rememora en esta nota. Pero la tristeza y la desesperanza lo invaden constantemente, cuando habla de su preocupante situación actual y repite hasta el cansancio: “No quiero que me regalen nada, no quiero un plan y no quiero plata: yo solo quiero poder trabajar”.

En 2019, Juan invirtió todo el fruto económico de su vida y abrió la pizzería La Dolce Pizza, ubicada en Avenida Caseros 4102, entre Muñiz y Avenida La Plata, en Parque Patricios. A la semana de la inauguración, “por la inflación, ya no tenía un peso”. Pero persistió y, al menos, consiguió que le redituara para poder mantenerse y cubrir los gastos del local.

Pero cuando llegó la pandemia y se dictó la cuarentena, tuvo que cerrar las puertas de su pizzería y pasó largos meses sólo, sentado detrás de las rejas del negocio, esperando que alguien fuera a comprarle, al menos, una empanada. Juan debe 81 mil pesos de los alquileres que no pudo pagar, más el resto de los servicios y gastos fijos. No tiene empleados, porque nunca hubiera podido solventar sus sueldos.

Hoy, sueña con el día en el que los clientes vuelvan a sentarse adentro de su pizzería, ya que ni siquiera puede poner mesas en la calle. Recién ahora, y gracias a las redes sociales, le facilitaron una computadora para que pueda instalar una aplicación que le permite tener delivery.

“Al Presidente, le pido que se acuerde de la gente de clase baja. Le pido que se acuerde de nosotros, de los laburantes, que no queremos ningún plan: queremos trabajo”, dice frente a Infobae.

Juan Almirón preparando una pizza, mientras un cliente espera en la puertaJuan Almirón preparando una pizza, mientras un cliente espera en la puerta

Juan se emociona cuando esta periodista le pregunta cómo lo ayudó ese posteo de Karen en Facebook y enumera todo lo que consiguió en pocos días, gracias a la solidaridad de la gente que participa de las redes sociales. De repente, los clientes empezaron a llegar a su puerta para hacer take-away y probar en casa su pizza, las hamburguesas, los ñoquis, la bondiola y las milanesas, y aseguran que todos sus platos son deliciosos, abundantes y tienen precios muy económicos.

Además, gracias a la computadora que le donaron, ahora puede recibir pedidos a través de una aplicación de delivery. Y también va a poder aplicarse las inyecciones de insulina que tanto necesitaba para la diabetes severa que padece, ya que una mujer le donó insulina y otra persona, las tiras reactivas.

Pero la solidaridad no se detuvo ahí: un hombre le creo una fan page en Facebook para promocionar su negocio, mientras que otro usuario de Instagram le cedió su cuenta con varios seguidores y le cambió su nombre por La Dolce Pizza; alguien le ofreció limpiar a fondo toda la pizzería, porque Juan no puede hacerlo por su salud; otra persona le donó folletos y se ofreció a repartirlos para hacerle publicidad; una asistente contable le ofreció darle una mano en su área; alguien ubicó al local en Google Maps, para que quienes quieran ir lo encuentren fácilmente, y hasta hubo quienes le donaron lavandina, detergente e insumos que necesita para su actividad.

El sueño de Juan es poder reabrir el salón o, al menos, que le permitan poner mesas en la calle, pero sabe que ambas cosas por ahora se encuentran muy lejanas. Sin embargo, y gracias a toda la ayuda que está recibiendo, se muestra más animado y esperanzado en que su negocio pueda recuperarse, pero muy triste por la dura situación que atraviesa no sólo el rubro gastronómico, sino el país entero.

Con humildad y emoción cuenta su vida, sus años como camarero y las grandes figuras a las que conoció en su historia en la gastronomía.

“Nací en Tucumán. A los 9 años mi papá me reprendió, yo me enojé y me fui de mi casa. Me quedé en el campo con una señora que me cuidó hasta los 16 años… y después me vine a Buenos Aires. Desde entonces, no paré de trabajar hasta el día de hoy. A mí nadie me regaló nada. Esta es la primera vez que necesito que me ayuden, pero solo quiero que me vengan a comprar comida”.

“Tengo una historia muy grande en la gastronomía. Trabajé en el hotel de los Gastronómicos, en Tucumán 2214, donde inauguramos la escuela de Gastronomía. A la noche me iba a trabajar a Rond Point. Siempre tuve dos trabajos. Desde fines de 1976, trabajé en la confitería frente a lo que era ATC. Fui el único mozo de la Argentina que atendió a Freddy Mercury, cuando vino a cantar en 1984 a Vélez. Me pidió un trago, pero no me dejaron sacarle fotos porque tenía cinco custodios. Era muy alto, con bigotitos bien armados y estaba vestido con ropa espectacular. En esa época, Héctor “Bambino” Veira tenía mucha pinta y vestía de manera increíble, igual que Carlos Monzón. Las tres personas más elegantes que atendí fueron ellos tres y en el orden que los nombré”.

Diego Maradona junto a Queen, cuando la legendaria banda de rock tocó en Vélez, en 1984Diego Maradona junto a Queen, cuando la legendaria banda de rock tocó en Vélez, en 1984

“El hombre más educado y prolijo que conocí en mi vida fue el jugador británico de fútbol, Robert “Bobby” Charlton, el número 5 de Inglaterra. Cuando se inauguró ATC, ahí también funcionaba la BBC y cada mediodía venía a almorzar. Como él no sabía hablar español y yo no sabía inglés, le preparaba un sándwich de lomo con jamón y queso en pan lactal. Para tomar, le servía un vaso largo con hielo, whisky, una rodaja de naranja y ginger ale. Me miraba, sonreía y me daba un abrazo cada vez que se iba. El último día que vino, me dio a entender que se volvía a su país. El productor que lo acompañaba no me dejó un peso de propina, porque pagó con tarjeta de crédito. Pero él se dio cuenta cuando ya estaba en la calle, volvió a entrar y me dejó 100 dólares”.

“Atendí a Estela Martínez de Perón, pero eso fue cuando yo trabajaba en la calle Entre Ríos. También, a Niní Marshall que fue aplaudida de pie por todo el restaurante. Trabajé como camarero para el directorio de Volkswagen, a pesar de que yo no sabía ni inglés, ni alemán. Pero me entendía muy bien con ellos. Después, me fui al café de La Imprenta, en la calle Migueletes, que ya no existe más. Como mozo, atendí a muchos políticos, jueces, periodistas, sindicalistas, abogados… Dicen que los mozos tenemos que ser sordos… Por eso, ya no le creo a nadie”.

Antes de abrir esta pizzería, tuvo otra que funcionó durante 24 años en Recoleta, pero que tuvo que cerrar por un problema con una pérdida de gas de un edificio vecino que lo dejó casi un año trabajando con gas envasado. La crisis económica después fue el detonante final: “Vendíamos pizza y empanadas, pero a la gente ya no le alcanzaba la plata, por la crisis que hubo en el Gobierno anterior”.

Fue entonces cuando decidió mudarse al local en Avenida Caseros. En 2019, firmó un contrato a 3 años, pero nunca pudo trabajar porque “cuando el negocio empezó a moverse un poco, me agarró la pandemia y se frenó todo”.

La cuarentena me arruinó la vida. Me quedé sin la poca plata que tenía ahorrada y me destrozó la salud. Pasé muchísimas noches sin dormir, pensando cómo iba a hacer para pagar el alquiler, la luz… Es increíble pero, en plena pandemia y con el local cerrado, la luz aumentó. Suprimí un freezer y vendí una heladera, pero la factura vino más alta que antes. Se suponía que estaban todas las tarifas congeladas, pero ahora estoy pagando más que nunca… No lo entiendo. Lo poco que trabajé todo este tiempo fue para pagar el alquiler”.

Preparando los pedidos Preparando los pedidos

La salud de Juan es frágil. Sufre diabetes y la crisis que vivió desde 2019 le impidió comprar siquiera la insulina que necesita.

“Debería pesar 73 kilos, pero estoy pesando 58. Si me contagio de COVID-19, no zafo porque soy de alto riesgo. Pienso en mis hijos, en mis nietos… Me da mucho miedo lo que pasa, lo que veo en la televisión. Estoy muy mal porque no me dejan trabajar. Las personas que queremos laburar no podemos hacerlo. Ya sé que, por mi edad, no voy a ver ningún cambio en el país”.

Su hija trata de ayudarlo, pero Juan mientras agradece lamenta que esta sea la situación: “Este negocio permitiría darle trabajo a 7 familias. Pero no puedo pagar nada, así que estoy yo solo haciendo todo. Así no vamos a salir nunca”.

Desesperado, tuvo que afrontar todos los gastos: “No recibí ninguna ayuda del Gobierno. Una chica me quiso dar una mano con los trámites y le dije que no insistiera más. Porque uno pide ayuda y parece que estuviera pidiendo limosna. Y no es así, porque yo trabajé durante toda mi vida. Solo quiero abrir mi negocio y que me dejen trabajar: no quiero que nadie me ayude”.

Juan señala que trabaja desde las 8 de la mañana hasta la madrugada, cosa que hace desde los 9 años. En Tucumán, peló papas y caña de azúcar. “No le tuve miedo al trabajo de campo y menos al que hago ahora, porque me crié lavando platos y copas, trabajando de mozo, haciendo cursos de cocina, trabajando en hotelería… “, enumera.

Después de un año y medio sin poder recibir insulina, podrá volver a tratar su diabetes gracias a una donaciónDespués de un año y medio sin poder recibir insulina, podrá volver a tratar su diabetes gracias a una donación

El futuro le da miedo: sumergido en sus problemas y con las puertas cerradas, no ve la salida.

No veo ningún futuro y sé que no voy a ver ningún cambio. Ojalá que lo haya para mis hijos y nietos. Si pudiera irme ahora del país, me iría. Pero ya estoy grande, ¿adónde voy con esta edad? Me arrepiento de no haberme ido en la crisis anterior, en 2001. Me habían ofrecido irme a España, tenía los pasajes que me había mandado mi cuñado -que vive en Valencia- pero no me fui porque mis hijos eran chicos e iban al colegio. Seguro que en otro lado tampoco iba a hacerme rico, pero al menos iba a estar feliz y cómodo. Me iría mañana mismo a limpiar pisos o lavar platos”.

La solidaridad de una usuaria de Twitter, que colaboró difundiendo el drama de Juan (Captura Twitter @dani_furne )La solidaridad de una usuaria de Twitter, que colaboró difundiendo el drama de Juan (Captura Twitter @dani_furne )

Los gastos del alquiler los enfrentó como pudo. Y la falta de dinero hace que no pueda pagar un empleado para que lo ayude con el delivery: “Todo lo hago yo, así que la gente viene a buscar la comida a la puerta. Pero hay días que no vendo nada de nada. Vendí una heladera, una máquina de fiambre, mi hija vendió unas cadenitas de oro y unas pulseras que le regalé para poder pagar el alquiler, porque la propietaria también tiene que vivir. No es su culpa que a mí me vaya mal. Estoy juntando moneda por moneda para pagarle”.

Juan en la puerta de su pizzería, esperando que llegue algún pedido a su celularJuan en la puerta de su pizzería, esperando que llegue algún pedido a su celular

No entiendo de política, no tengo estudios y sólo llegué hasta séptimo grado de la escuela rural. Pero veo que al que quiere trabajar no lo dejan: le ponen trabas. Y así, de esta situación, no vamos a salir nunca”.

“Cuando trabajaba en Rond Point, en pleno Mundial de 1978, lo acompañaba a Jorge Luis Borges al baño. Me decía que el país no iba a ir a ningún lado, porque a 11 hombres que corren detrás de una pelota le daban más importancia que a un doctor o un científico. Me decía que la gente tenía que leer más”, rememora como una lección que le dejó la vida.

El menú que publicó otra persona que colaboró con Juan y le armó la cuenta de su pizzería en InstagramEl menú que publicó otra persona que colaboró con Juan y le armó la cuenta de su pizzería en Instagram

Cuando habla de la cuarentena recuerda estos seis meses como los peores de su vida: “Vendo pizzas, fideos, ñoquis, milanesas solas y a la napolitana, bifes, hamburguesas, bondiola… Estaba vendiendo empanadas, pero las dejé de hacer porque la gente no las compra si no las ve exhibidas. Y, como nadie puede entrar al local, tuve que tirar un montón de mercadería”.

“En marzo, cuando dictaron la cuarentena, tuve que cerrar. Un día vino el Gobierno de la Ciudad. Ya tenía todo cerrado, pero estaba adentro sentado tomando mate. Me dijeron que apagara el televisor, que guardara el termo y que levantara todas las sillas. Así lo hice. Sacaron varias fotos y se fueron. Desde entonces, atendí detrás de las rejas, pero la gente no venía para nada. Yo no tenía ni para cargar la Sube”.

Los platos que se ofrecen en la carta Los platos que se ofrecen en la carta

La viralización de su historia lo sorprendió. Y la cantidad de manos solidarias que se extendieron, aún más: “La gente me ayudó muchísimo, no tengo palabras para agradecerles. En estos dos días, gracias a la difusión que le dieron de mi caso en las redes sociales, trabajé bastante mejor. Vino gente hasta de Avellaneda. Ojalá siga así”, se ilusiona.

Fuente INFOBAE

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